lunes, 8 de septiembre de 2014

Desde Ermua sin rencor

A principios de agosto pasé unos días por el norte, quiero empezar con un ejercicio de asociación, yo les menciono un lugar visitado y ustedes digan lo que se les viene a la cabeza:

Santander, Santillana del Mar, San Vicente de la Barquera, Bilbao, Ermua...

Con Santander quizá un banco, palacio de la Magdalena o la playa del Sardinero,
A Santillana del Mar asocian, unos su leche, otros las cuevas de Altamira, a los mayores el futbolista Carlos Alonso “Santillana”
De San Vicente de la Barquera,...¿Bustamante, ?
De Bilbao...el  Museo Guggenheim, San Mamés

De Ermua me gustará equivocarme, pero seguro que la asociación es Miguel Ángel Blanco. Yo viví muy intensamente aquellas 48 horas del 10 al 12 de julio del 97, y fui porque quería conocer el entorno y rendirle mi humilde tributo.

Pues decepcionante. Todo. Lo primero el entorno. Para nada es un pueblito perdido y atrasado en los montes vascos, alejado de la civilización, como nos vendieron.  Está en el centro del triángulo de las tres capitales vascas, perfectamente comunicada por autopista, a media hora de Bilbao, 40 minutos de San Sebastian y algo menos de Vitoria.  y compartiendo ya casco urbano con Eibar.  Muy industrializado y con 16.000 habitantes.
La sensación al llegar, a pesar de lo soleado del día, muy triste, con lugareños muy reservados por no decir desconfiados. Esperaba una localidad bandera de la paz y la reconciliación, por dignidad, por convicción, por humanidad, por arrepentimiento o por vergüenza, así que decidimos buscar el lugar mítico dedicado a Miguel Ángel Blanco...¡nada!, buscamos un monumento, una placa, una avenida, un parque...y nada, tan sólo usando google nos indicó que había un Polideportivo Municipal “Miguel Angel Blanco”. Allí fuimos para hacernos una foto en su memoria...nada,  un enorme “Udal kiroldegia Polideportivo”, y punto, ni en las fotocopias de avisos de la puerta ponía ni Miguel Ángel, ni Blanco. Pensamos que estaríamos en un pabellón equivocado, y a una señora de mediana edad que bajaba por la calle le pregunté, perdone, ¿es este el pabellón Miguel Angel Blanco?, la cara le cambió cuando pronuncié el nombre, y no sé interpretarla, pero mirando a los lados de manera extraña, y con cierto titubeo se limitó a asentir y seguir calle abajo , cabeza gacha.


Buscamos el ayuntamiento, porque dentro parece hay un busto in memoriam, pero estaba cerrado, y fuera sólo lucía un cartel reivindicativo del vascuence con un “euskaraz bizi nahi dut (quiero vivir en euskera)” y una mancha de pintura junto a un balcón.

Queridos oyentes, ¿qué asocio yo ahora a Ermua?, ¿miedo?, ¿justificación?, ¿cobardía o complicidad?,
quiero pensar que aunque tarde en llegar, pues el miedo sigue, Ermua será el símbolo del desagravio, del perdón, del arrepentimiento, de la reconciliación, de la hermandad, de la humanidad, donde se respire en cada esquina el Espíritu de Ermua (que no está allí). Mientras llega, desde aquí mi tributo a Miguel Ángel Blanco Garrido. Una parte de mi creencia en la bondad del ser humano yace contigo, pero sé que resucitará.